domingo, 24 de junio de 2012
Ascensor al "4p"
Era un cadete encargado de llevar y traer papelerios de empresas. Hacia ya dos años que trabajaba allí y ya estaba algo cansado. Tenía pensado cambiar de trabajo.
Justamente el día que me decidí a renunciar, me dieron una última tarea en la que debía entregar correspondencia a una nueva empresa. Tomé los papeles y emprendí marcha.
Al llegar, pude ver, un gran portón color negro y una cámara de seguridad apuntando directo hacia mi rostro. Un altoparlante en mi derecha preguntó:
-¿qué desea? -
-vengo de la correspondencia privada- dije.
-adelante...pase- se escucho mientras el portón se elevaba.
Era un recinto con poca iluminación. Había mucho personal caminando, vestidos de traje que me miraron y me restaron importancia.
Pregunté por el destinatario del correo y solamente me indicaban con su dedo indice hacia el fondo del complejo.
Observé que el sobre indicaba "4p" por lo que deduje que era el cuarto piso.
Encontré un ascensor un tanto extraño porque no tenia botones y números convencionales, solo una pantalla y una especie de perilla analógica en la que se indicaba un numero y luego había dos botones uno "p" y otro "e" por lo que entendí que era P de "piso" y E de "entrepiso". De esta forma seleccioné "4p".
Dos puertas se cerraron, de manera horizontal, e inmediatamente otra vertical. Un sistema bastante extraño para un simple ascensor.
Un sonido espeluznante y ensordecedor comenzó dentro de aquel recinto. Cubrí mis oídos. Estaba
aturdido, ese sonido me dejó de rodillas. Miré el techo del ascensor y ví como se ponía transparente y se veía el cielo. En un comienzo creí que era una pantalla o una especie de publicidad pero, en ese instante una aceleración tremenda me pegó al piso. No era para nada una pantalla, ví como el elevador se acercaba
al cielo, atravezando las nubes, más tarde la atmosfera, y luego vi la hermosa Tierra desde arriba, mientras continuaba elevándome sin cesar.
De un momento a otro me encontraba viajando en el espacio a una velocidad inimaginable, viendo pasar estrellas y cometas hasta que por fin, el viaje se detuvo. Sorpresivamente, unos tubos y mangeras descendieron del techo del habitáculo y me colocaron en forma automática, una especie de escafandra
sobre mi cabeza. Ni siquiera me dio tiempo a resistirme. Un sonido indicó la apertura de las puertas.
Una especie de neblina se despejaba; al mismo tiempo que daba mis primeros pasos para salir de ese "elevador".
Pude ver un rojizo paisaje, rocoso y algo montañoso. Con una atmosfera débil y nubes muy finas. Apenas apoyé mi pie derecho en ese suelo, percibí una gravedad distinta a la de la Tierra, simplemente inferior.
Levanté mi vista hacia el horizonte y observé dos pequeñas lunas. Una hacia un extremo derecho y la otra hacia la izquierda. En ese momento terminé de comprender dónde me encontraba. Nada más y nada menos que en el planeta rojo, Marte. El indicador "4p" significaba "cuarto planeta" y no cuarto piso como creía.
Solamente di algunos pasos sobre la superficie marciana, y sentí un estruendo detrás de mi.
El "elevador" se había ido.
Ahora me encuentro varado sin saber volver, escribiendo esta nota, para contar de
quienes son los restos sobre la que ha quedado apoyada.
Jugando hasta morir
La noche estaba más que agradable para salir. Mi hermano con su novia y yo con la mía.
Los cuatro, decidimos ir a la inauguración del nuevo parque de diversiones.
Era una noche iluminada por los fuegos artificiales y reflectores que emanaba el parque
desde su corazón. Gente sonriendo y gritando, todas las emociones juntas y
rostros de todas las edades. Un verdadero acontecimiento en la ciudad.
Llegamos a tiempo para ver el show de apertura y comenzamos a probar cada una de las
atracciones. El problema era que, en cada uno de los juegos, debíamos esperar
demasiado y no queríamos perder tanto tiempo en filas sino no podríamos
terminar de recorrer el inmenso parque.
Luego de subirnos a casi todas las atracciones y con un notable cansancio, nos dimos
cuenta que era demasiado tarde. Ya no quedaba mucha gente, pero nos faltaba
una atracción más y que era la más novedosa. Ésta era una atracción que
se debía firmar un contrato y abonar aparte. Hicimos algunas cuentas rápidas
con el dinero que nos quedaba y nos dirigimos directo a ella. Para sorpresa de
nosotros no había nadie en la fila.
Vimos una gran casa. Era un juego de horror. Con un cartel en su frente “1000 formas
de morir”. El nombre ya nos intrigaba bastante. Las ventanas y cortinados, era
como una antigua mansión restaurada. Lo suficientemente extraño como para
llamar nuestra atención.
Nos presentamos en la recepción y como era de esperar, nos atendió un anciano con
imagen macabra. Con un aspecto casi tan terrorífico como la casa misma.
Nos dijo:
“¿Saben de que se trata esto?...Es un juego muy especial y aunque hoy hubo mucha
gente en el parque, ustedes serian los primeros en entrar…”
Nos miramos entre todos y sonreímos. No creímos ni una de sus palabras.
“Deben firmar un contrato antes de entrar…” añadió el viejo hombre.
Cada uno de nosotros firmó con un bolígrafo que nos dio el anciano, que parecía escribir
con tinta similar a sangre, como para darle un toque especial a la situación.
Una vez abonado el juego y firmadas las notas, el hombre nos abrió las grandes puertas
con ese chillido típico de terror.
Al entrar, sentimos un frio que invadía nuestros cuerpos. Las paredes estaban manchadas
con sangre. El lugar estaba algo oscuro. Iluminado solamente por portalámparas
con luces rojas. Un olor nauseabundo. Sí que era bueno el cotillón y la
escenografía. Intimidaba y bastante. El juego era recorrer la casa durante diez
minutos y tener la posibilidad de “matar a alguien o ser asesinado”. Obviamente
que, al menos para mí, era todo literario y marketing de la atracción.
Caminamos en algunos pasillos donde veíamos cuerpos hechos con cera. Algunos fetos
en frascos y hasta cuerpos “muy reales” colgando de cadenas y ganchos de
carnicería. Debíamos esquivar las gotas de “pintura” que caían de ellos. Las
chicas se estaban poniendo algo nerviosas y al tomar otro pasillo vimos dos
personas al fondo de él.
Eran dos mujeres. Una vestía ropa de enfermera y la otra de sadomasoquista. Estaban
detenidas al final del pasillo y con ojos cerrados. De repente ambas levantaron
sus miradas directamente a nosotros. Como si se hubieran encendido o
activado.
Se vinieron muy rápidamente hacia donde estábamos, nos asustamos mucho porque
una traía consigo unas tijeras de podar y la otra una gran cuchilla. Empezamos
a correr hacia el otro lado gritando. Habían logrado que nos asustáramos
muchísimo. Corrimos, pegamos la vuelta en una de las esquinas y nos
detuvimos en un pasillo que no tenía salida alguna, con ventanas bloqueadas ni
tampoco puertas a la vista. Estábamos encerrados. Cuando quisimos volver por
dónde veníamos aparecieron nuevamente “ellas” cerrándonos el paso.
Nos arrinconaron contra el final del pasillo. La enfermera acercaba su rostro hacia
nosotros y nos olía, con movimientos ligeros. Su rostro, cortado por todas partes,
sus ojos, completamente blancos.
Se detuvo repentinamente y dijo con una voz muy extraña:
“¿Quién quiere morir primero?”
Todos nos miramos y sonreímos con nervios. Mi cuñada era la más asustada y dijo “él”
señalándome:
“¿¡Yo!?...¿¡Por qué yo!?...” pregunté gritando.
“¡Porque vos quisiste venir acá!” me dijo.
Sin darme tiempo a una respuesta, la enfermera indagó “¿dónde lo quieres?”.
Cuando vi semejante show fui yo quien preguntó:
“Esperen es una broma ¿no?”
La enfermera se miro con su compañera trabajo y me clavó su tijera de podar
directamente en la cabeza mientras que la otra me clavo la cuchilla en mi
costado izquierdo.
Las chicas comenzaron a gritar y a llorar al igual que mi hermano.
Podía sentir el gusto a sangre en mi boca. Podía sentir como se empezaban a apagar los
sonidos en mi cerebro. Me costaba cada vez más respirar y la imagen se me
hacia borrosa. Sin perder tiempo las asesinas, me tomaron de ambos extremos
y me arrojaron por una especie de tubo de lavandería y caí sobre una cama de
cirugía de acero inoxidable, bien brillosa.
Me desvanecía. Mientras lo hacía vi a mi izquierda que había otra cama igual, con algo
similar a una placenta o bolsa que contenía un cuerpo humano dentro. Se
encontraba conectado a unas raras maquinas y vi aquel anciano que nos había
atendido en la puerta, conectando unos electrodos en mi cabeza. Ya estaba casi
muerto, mi agonía terminaba.
Al estar cerrando, por última vez mis ojos, me di cuenta que la apariencia humana de la
persona que estaba en la placenta, tomaba forma idéntica a la mía. Luego de
eso no vi más. Todo se volvió oscuro. Veía como estrellas en velocidad. Era
como un viaje de placer. Ese placer duró solo unos instantes y fue lo mejor que
pude sentir “¿en mi vida?...no, ya estaba muerto…”
Desperté y veía todo nublado, me sentía húmedo. Acalambrado. Me dolía el cuerpo. Me
sentía desnudo. Cuando pude enfocar bien, vi mis manos con una especie de
gelatina encima. Acompañada de un líquido transparente. Reconocía el lugar.
Era nada más y nada menos que la camilla lindera a la que yacía mi cuerpo
muerto. Ese momento fue demasiado impactante. Ver mi propio rostro, con los
ojos abiertos. Sangre por doquier, junto a mi cuerpo sin vida. Ahora entendía
todo. No era un juego, era toda pura realidad.
Me habían transferido la conciencia a un cuerpo idéntico al mío. Algo así como un clon y
te daban la posibilidad de sentir cómo es estar muerto y luego vivir. Un autentico
logro increíble.
Me quité todo el líquido de encima mientras el anciano me secaba y me ayudaba a vestir
“Esto es increíble” le dije, mientras le decía eso, podía ver como mis compañeros de
aventuras caían muertos por otros túneles y sufrían el mismo proceso.
Una vez recuperados subimos nuevamente al piso a jugar. Ya estábamos tan
emocionados que nos empezamos a cazar unos a otros. Yo mismo me encargué
de matar a mis dos asesinas, en venganza.
Nos divertíamos a puñaladas. Tal es así que estábamos correteando por los pasillos de
esa casa, ensangrentados y a carcajadas, como si fuera todo un gran chiste.
En un momento nos encontrábamos los cuatro apuñalándonos entre nosotros y muriendo
simultáneamente. Nuestros cuerpos cayeron agotados. Desde el piso pude
observar morían mi hermano, mi cuñada y mi novia
Y en mi agonía más profunda, veía las piernas del anciano que se acercaba. Se agachó
casi a la altura de mi oído y me dijo susurrando:
“¿acaso, no han leído bien el contrato? Solo pueden morir tres veces, porque la
conciencia sino se pierde, y esta es la tercera vez que ustedes mueren…”
Perros siguiendo ruedas
Salí a las apuradas con mi auto. Llegaba tarde al trabajo. Hice lo imposible por llegar a
horario pero, no lo logré. Tuve que soportar los incesantes sermones del jefe
durante toda la jornada. Además de eso en el transcurso del día me llamó mi
novia diciendo que no quería saber nada más conmigo, que simplemente estaba
saliendo con “otro”. Mi furia interior crecía de sobre manera, tanto que insulté a
mi propio jefe, quien me indico que directamente no que me fuera a casa porque
había quedado despedido por los semejantes insultos que le propiné en la cara
ante todos sus subordinados.
Tomé mis cosas y me fui por los pasillos maldiciendo a todo el que se me cruzaba.
Me subí al coche, arrojando mis cosas en el asiento trasero. Puse el motor en marcha y
volví aceleradísimo hacia mi departamento.
A tan solo dos cuadras de mi dulce hogar, ví como uno de esos molestos perros
callejeros, de color negro, se puso a correr a la par de mi auto persiguiendo el
giro de la rueda delantera derecha. Me puso tan nervioso que hice una ligera
maniobra para sacármelo de encima pero, no resulto como esperaba. Terminé
por atropellar al perro que quedó hecho trizas contra el cordón de la vereda.
Me detuve unos metros más adelante. Bajé del vehículo para auxiliar al perro y en ese
momento salió una anciana de su casa gritando “¡Asesino!”
Intenté explicarle que lamentaba el hecho y que había tenido un día complicado. Nada de
esto le importó porque tomó su escoba me persiguió a escobazos limpios.
Mientras subía a mi auto en pleno escape, la anciana, se acercó a mi ventanilla y me
dijo “Petra Esclavus…”. La miré por unos instantes fijamente a los ojos y sin más
se retiró.
Arranqué mi coche y me fui a mi departamento. Decidí tomar una ducha y no podía dejar
de pensar en todo lo que me había pasado las últimas horas.
Luego del baño, busqué información sobre las palabras de la anciana, descubriendo
que era latín y que querían decir “Perro Esclavo”. Le resté importancia pero,
inmediatamente empecé a sentirme muy raro. Mis músculos se estremecían, el
bello de mis brazos y piernas se volvieron más negros y largos, era como si se
estuvieran multiplicando. Me dolía fuertemente el rostro y los huesos.
Tuve que arrojarme en el suelo de mi habitación en posición fetal para intentar soportar
el inmenso dolor. Sentía como los tendones se quebrajaban y hacían ruidos
que nunca había escuchado antes. Era una completa tortura que no se detenía.
Un dolor desgarrador en mis oídos, a la par de un intenso ruido a huesos rotos
en mi mandíbula, mis piernas ni siquiera las sentía. Era como si no estuvieran.
Mis manos comenzaron como a ponerse viejas y a reducirse cada vez más. Mis
costillas, a reducirse mientras puntadas en mi pecho y jaquecas exigían al límite
mi sistema nervioso.
Finalmente no soporté más y me desmayé.
Me desperté horas más tarde.
No podía enfocar bien era como si me estviera quedando ciego porque ya no veía bien
los colores. Quizás el estrés era el causante de todos los dolores musculares y
jaquecas que había sufrido.
Caminaba algo mareado, como desbalanceado. Intentaba levantar mis manos pero, no
podía. Mi cerebro no daba las órdenes correctas a los miembros.
En un momento pasé por delante del espejo de mi habitación y pude ver lo peor.
Me había convertido en un perro, de pelaje oscuro. Sí nada más y nada menos que en
un canino idéntico al que había atropellado horas antes. Ahora terminaba de
comprender las palabras de la anciana. Era una maldición que había arrojado
sobre mí.
Intenté hablar pero solo conseguía ladridos que aturdían. Salté sobre el picaporte de la
entrada a mi departamento y pude abrir la puerta. Bajé las escaleras en una
inercia pura. Algo me llevaba a hacer todo eso, yo intentaba detenerme pero no
podía. Salí del edificio y corrí por las calles de la ciudad sintiendo la brisa y el
viento en mi pelaje. Doblé en una esquina y por fin me detuve.
Pude ver a lo lejos que estaba ella. La anciana llamándome con gestos y su voz baja.
Hice toda la fuerza del mundo por ir hacia atrás pero como si fuera un sueño,
pasó todo lo contrario.
Salí corriendo hacia ella y me abalancé como si fuera un adorable can. La anciana me
acarició una y otra vez por un largo rato y al primer coche que vi pasar salí
corriendo a jugar con sus ruedas…
Sopa para dos
el uniforme militar. Era teniente de la marina. Yo tan solo un adolescente mal criado, que estorbaba más de lo que ayudaba.
Nos mudamos a una casa, demasiado grande para mi gusto. Más grande que la anterior, a pesar de que mi madre ya no estaba. Había fallecido hacía ya, un mes. Era un pueblo pequeño que ni siquiera formaba parte del mapa.
Nos adentramos y comenzamos a ordenar poco a poco. Recuerdo el gran candelabro que se ubicaba delante de nosotros. También podía ver grandes cantidades de telas de araña y polvo.
Jorge contrató a una servidumbre para que nos ayudara, por cierto, bastante mayor de edad.
Yo la consideraba una anciana. Se llamaba Andras y era la que mi padre había
considerado “buena” según los avisos del diario local. Además era la que residía relativamente cerca
de casa, a unos veinte kilómetros aproximadamente.
Andras comenzó su trabajo preparando, según ella, su “especialidad”. Una especie de sopa que, sinceramente, era muy rica. Papá estaba muy contento con el desempeño de la señora en los quehaceres domésticos.
Al principio comíamos esa “sopa” como entrada, algunas noches pero, luego se volvió una
habitualidad encontrarla en los almuerzos y cenas de cada dia.
Al pasar algunas semanas, mi padre no lo soportó y hasta increpó a la servidumbre “¿¡otra vez
sopa señora Andras!?”
La señora lo miró con ojos enfurecidos, sin embargo mantuvo la calma y dijo “sí, mi señor.
Esta sopa contiene todos los nutrientes que usted y su hijo necesitan”. Apoyó los
platos de sopa en la mesa, Jorge vio un buen fundamento en su respuesta y se puso a comer.
Yo opté por simular que comía y tirarlo al piso para que mi perro, llamado Copérnico se la
comiese. Así comia cada vez menos de esa sopa.
Al cabo de unas semanas mi padre, se enfermó y necesitó de reposo. Volaba de fiebre.
La vida de mi papá se complicaba. Recuerdo que me apoyaba junto a su cama y sufría su agonía
a su lado. Creí que todo estaba perdido. Pensé que él moriría y lo peor era que no sabíamos de qué se trataba la enfermedad.
La señora Andras se encargó de llamar a un doctor conocido de ella, quién acudió muy rápido a
ver a mi padre.
Cuando llegó el doctor, junto con Andras me obligaron a esperar afuera de la habitación.
Me puse a llorar, pero no soportaba la angustia y espié por la cerradura.
Pude ver como ese doctor, extraía con unas jeringas especiales, unos extraños parásitos del
estomago de papá. Pinchaba una y otra vez su panza y los arrojaba en una especie de olla de cobre que sacó de su maletín.
Quedé totalmente sorprendido, no podía creer lo que veía. Eran unas lombrices dentadas, y agresivas, se retorcían y se movían muy rápido. Hasta emitían una especie de chillido.
El doctor le pidió a la señora Andras unas toallas para limpiar la sangre que chorreaban estas criaturas, por lo que tuve que salir corriendo para que no me vieran.
No sabía que hacer, me fui al jardín y podía escuchar es sonido, ese chillido de esas
inmundas criaturas. Lo escuchaba cada vez ma´s fuerte. Me di cuenta que
provenía de los arbustos que hay en el jardín. Me acerque muy despacio.
Me paré frente a los arbustos y moví velozmente las ramas. Ahí terminé de
comprender lo que estaba sucediendo.
Mi perro, Copernico estaba desvanecido con el estomago reventado y estas criaturas
saliendo de su pansa. Tenian un aspecto algo diferente por su color, pero,
definitivamente eran lo mismo.
Ahora sí que estaba seguro. La señora Andras era una espcie de bruja que intentaba matarnos con su “sopa”. Entré a mi casa como si nada hubiera pasado. Fui directamente a la gran biblioteca y allí me puse a buscar libros de ocultismo y brujerías. Al cabo de unas horas encontré lo que buscaba.
La imagen de los parasitos, una ilustración idéntica a lo que había visto en vida.
Leí toda la información que había allí y decía:
“Andras, es un demonio servidor de Lucifer, que puede adoptar apariencias de cualquier tipo, tanto humana como animal…se alimenta de parásitos cultivados en humanos…suele andar junto a otro demonio que lo ayuda en su tarea…para desterrar a este demonio, se debe asesinar por la espalda al animal o persona que lo lleve consigo, golpeándolo quince veces en la nuca y una vez muerto se le debe colocar una moneda de
plata debajo de su lengua para saciar la sed de hambre de este demonio, de esta forma serán expulsados de este mundo él y su ayudante…”
Dejé los libros, y me dispuse a cumplir el plan. El doctor ya se había retirado y las eñora Andras se encontraba lavando la vajilla.
Tomé un martillo de la caja de herramientas de mi padre y sigilosamente me adentré en la cocina. Ahí
estaba, ese demonio asqueroso vestido con piel de amable mujer, ni siquiera me escuchó entrar. Me acerqué lo mas que pude. El sonido del agua corriendo era ensordecedor. Junté toda mi valentía y mi energía para mi primer golpe. Así lo hice. “Crack!...” sonó en su primer golpe el martillo, destrozando su cráneo, nunca había golpeado con tanta fuerza, lo juro. “Pum” el segundo golpe, salpicó más sangre que el anterior. Andras cayó al suelo murmurando en lengua, parecía latín o algo similar. Apenas cayó la golpeé indetenidamente llegando a los quince golpes, mientras la sangre adornaba la cocina pareciendo llover dentro de casa.
Logrado mi cometido, le abrí la boca y le coloqué una moneda de plata debajo de la
lengua para saciar la sed del demonio, como bien indicaba el libro.
Me encargué de llevarla al sótano y ocultarla allí.
A partir de allí mi padre se recuperó de manera desmedida. Increíblemente al cabo de dos
meses nos encontrábamos cenando y riendo juntos, pero esta vez solos y me
dijo:
“no sé porque no habrá vuelto jamás, pero ya ni siquiera extraño a la señora Andras, tu
sopa es aún mejor que la de ella, sobre todo por los trozos de carne que le has
agregado” yo solo sonreí. Papá sin darse cuenta estaba comiendo su cuerpo trozado para terminar el maleficio.
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