domingo, 24 de junio de 2012

Sopa para dos


Terminamos de bajar las últimas cajas de la mudanza. Mi padre, Jorge, aún no se había quitado
el uniforme militar. Era teniente de la marina. Yo tan solo un adolescente mal criado, que estorbaba más de lo que ayudaba.

Nos mudamos a una casa, demasiado grande para mi gusto. Más grande que la anterior, a pesar de que mi madre ya no estaba. Había fallecido hacía ya, un mes. Era un pueblo pequeño que ni siquiera formaba parte del mapa.

Nos adentramos y comenzamos a ordenar poco a poco. Recuerdo el gran candelabro que se ubicaba delante de nosotros. También podía ver grandes cantidades de telas de araña y polvo.

Jorge contrató a una servidumbre para que nos ayudara, por cierto, bastante mayor de edad.
Yo la consideraba una anciana. Se llamaba Andras y era la que mi padre había
considerado “buena” según los avisos del diario local. Además era la que residía relativamente cerca
de casa, a unos veinte kilómetros aproximadamente.

Andras comenzó su trabajo preparando, según ella, su “especialidad”. Una especie de sopa que, sinceramente, era muy rica. Papá estaba muy contento con el desempeño de la señora en los quehaceres domésticos.

Al principio comíamos esa “sopa” como entrada, algunas noches pero, luego se volvió una
habitualidad encontrarla en los almuerzos y cenas de cada dia.
Al pasar algunas semanas, mi padre no lo soportó y hasta increpó a la servidumbre “¿¡otra vez
sopa señora Andras!?”

La señora lo miró con ojos enfurecidos, sin embargo mantuvo la calma y dijo “sí, mi señor.
Esta sopa contiene todos los nutrientes que usted y su hijo necesitan”. Apoyó los
platos de sopa en la mesa, Jorge vio un buen fundamento en su respuesta y se puso a comer.

Yo opté por simular que comía y tirarlo al piso para que mi perro, llamado Copérnico se la
comiese. Así comia cada vez menos de esa sopa.

Al cabo de unas semanas mi padre, se enfermó y necesitó de reposo. Volaba de fiebre.

La vida de mi papá se complicaba. Recuerdo que me apoyaba junto a su cama y sufría su agonía
a su lado. Creí que todo estaba perdido. Pensé que él moriría y lo peor era que no sabíamos de qué se trataba la enfermedad. 
La señora Andras se encargó de llamar a un doctor conocido de ella, quién acudió muy rápido a
ver a mi padre.

Cuando llegó el doctor, junto con Andras me obligaron a esperar afuera de la habitación.

Me puse a llorar, pero no soportaba la angustia y espié por la cerradura.
Pude ver como ese doctor, extraía con unas jeringas especiales, unos extraños parásitos del
estomago de papá. Pinchaba una y otra vez su panza y los arrojaba en una especie de olla de cobre que sacó de su maletín.

Quedé totalmente sorprendido, no podía creer lo que veía. Eran unas lombrices dentadas, y agresivas, se retorcían y se movían muy rápido. Hasta emitían una especie de chillido.

El doctor le pidió a la señora Andras unas toallas para limpiar la sangre que chorreaban estas criaturas, por lo que tuve que salir corriendo para que no me vieran.

No sabía que hacer, me fui al jardín y podía escuchar es sonido, ese chillido de esas
inmundas criaturas. Lo escuchaba cada vez ma´s fuerte. Me di cuenta que
provenía de los arbustos que hay en el jardín. Me acerque muy despacio.
Me paré frente a los arbustos y moví velozmente las ramas. Ahí terminé de
comprender lo que estaba sucediendo.

Mi perro, Copernico estaba desvanecido con el estomago reventado y estas criaturas
saliendo de su pansa. Tenian un aspecto algo diferente por su color, pero,
definitivamente eran lo mismo.

Ahora sí que estaba seguro. La señora Andras era una espcie de bruja que intentaba matarnos con su “sopa”. Entré a mi casa como si nada hubiera pasado. Fui directamente a la gran biblioteca y allí me puse a buscar libros de ocultismo y brujerías. Al cabo de unas horas encontré lo que buscaba.
La imagen de los parasitos, una ilustración idéntica a lo que había visto en vida.
Leí toda la información que había allí y decía:
“Andras, es un demonio servidor de Lucifer, que puede adoptar apariencias de cualquier tipo, tanto humana como animal…se alimenta de parásitos cultivados en humanos…suele andar junto a otro demonio que lo ayuda en su tarea…para desterrar a este demonio, se debe asesinar por la espalda al animal o persona que lo lleve consigo, golpeándolo quince veces en la nuca y una vez muerto se le debe colocar una moneda de
plata debajo de su lengua para saciar la sed de hambre de este demonio, de esta forma serán expulsados de este mundo él y su ayudante…”

Dejé los libros, y me dispuse a cumplir el plan. El doctor ya se había retirado y las eñora Andras se encontraba lavando la vajilla. 
Tomé un martillo de la caja de herramientas de mi padre y sigilosamente me adentré en la cocina. Ahí
estaba, ese demonio asqueroso vestido con piel de amable mujer, ni siquiera me escuchó entrar. Me acerqué lo mas que pude. El sonido del agua corriendo era ensordecedor. Junté toda mi valentía y mi energía para mi primer golpe. Así lo hice. “Crack!...” sonó en su primer golpe el martillo, destrozando su cráneo, nunca había golpeado con tanta fuerza, lo juro. “Pum” el segundo golpe, salpicó más sangre que el anterior. Andras cayó al suelo murmurando en lengua, parecía latín o algo similar. Apenas cayó la golpeé indetenidamente llegando a los quince golpes, mientras la sangre adornaba la cocina pareciendo llover dentro de casa.

Logrado mi cometido, le abrí la boca y le coloqué una moneda de plata debajo de la
lengua para saciar la sed del demonio, como bien indicaba el libro.

Me encargué de llevarla al sótano y ocultarla allí.

A partir de allí mi padre se recuperó de manera desmedida. Increíblemente al cabo de dos
meses nos encontrábamos cenando y riendo juntos, pero esta vez solos y me
dijo:

“no sé porque no habrá vuelto jamás, pero ya ni siquiera extraño a la señora Andras, tu
sopa es aún mejor que la de ella, sobre todo por los trozos de carne que le has
agregado” yo solo sonreí. Papá sin darse cuenta estaba comiendo su cuerpo trozado para terminar el maleficio.

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