domingo, 24 de junio de 2012

Jugando hasta morir



La noche estaba más que agradable para salir. Mi hermano con su novia y yo con la mía.
Los cuatro, decidimos ir a la inauguración del nuevo parque de diversiones.

Era una noche iluminada por los fuegos artificiales y reflectores que emanaba el parque
desde su corazón. Gente sonriendo y gritando, todas las emociones juntas y
rostros de todas las edades. Un verdadero acontecimiento en la ciudad.

Llegamos a tiempo para ver el show de apertura y comenzamos a probar cada una de las
atracciones. El problema era que, en cada uno de los juegos, debíamos esperar
demasiado y no queríamos perder tanto tiempo en filas sino no podríamos
terminar de recorrer el inmenso parque.

Luego de subirnos a casi todas las atracciones y con un notable cansancio, nos dimos
cuenta que era demasiado tarde. Ya no quedaba mucha gente, pero nos faltaba
una atracción más y que era la más novedosa. Ésta era una atracción que
se debía firmar un contrato y abonar aparte. Hicimos algunas cuentas rápidas
con el dinero que nos quedaba y nos dirigimos directo a ella. Para sorpresa de
nosotros no había nadie en la fila.

Vimos una gran casa. Era un juego de horror. Con un cartel en su frente “1000 formas
de morir”. El nombre ya nos intrigaba bastante. Las ventanas y cortinados, era
como una antigua mansión restaurada. Lo suficientemente extraño como para
llamar nuestra atención.

Nos presentamos en la recepción y como era de esperar, nos atendió un anciano con

imagen macabra. Con un aspecto casi tan terrorífico como la casa misma.

Nos dijo:

“¿Saben de que se trata esto?...Es un juego muy especial y aunque hoy hubo mucha
gente en el parque, ustedes serian los primeros en entrar…”

Nos miramos entre todos y sonreímos. No creímos ni una de sus palabras.

“Deben firmar un contrato antes de entrar…” añadió el viejo hombre.

Cada uno de nosotros firmó con un bolígrafo que nos dio el anciano, que parecía escribir
con tinta similar a sangre, como para darle un toque especial a la situación.

Una vez abonado el juego y firmadas las notas, el hombre nos abrió las grandes puertas
con ese chillido típico de terror.

Al entrar, sentimos un frio que invadía nuestros cuerpos. Las paredes estaban manchadas
con sangre. El lugar estaba algo oscuro. Iluminado solamente por portalámparas
con luces rojas. Un olor nauseabundo. Sí que era bueno el cotillón y la
escenografía. Intimidaba y bastante. El juego era recorrer la casa durante diez
minutos y tener la posibilidad de “matar a alguien o ser asesinado”. Obviamente
que, al menos para mí, era todo literario y marketing de la atracción.

Caminamos en algunos pasillos donde veíamos cuerpos hechos con cera. Algunos fetos
en frascos y hasta cuerpos “muy reales” colgando de cadenas y ganchos de
carnicería. Debíamos esquivar las gotas de “pintura” que caían de ellos. Las
chicas se estaban poniendo algo nerviosas y al tomar otro pasillo vimos dos
personas al fondo de él.

Eran dos mujeres. Una vestía ropa de enfermera y la otra de sadomasoquista. Estaban
detenidas al final del pasillo y con ojos cerrados. De repente ambas levantaron
sus miradas directamente a nosotros. Como si se hubieran encendido o
activado.

Se vinieron muy rápidamente hacia donde estábamos, nos asustamos mucho porque
una traía consigo unas tijeras de podar y la otra una gran cuchilla. Empezamos
a correr hacia el otro lado gritando. Habían logrado que nos asustáramos
muchísimo. Corrimos, pegamos la vuelta en una de las esquinas y nos
detuvimos en un pasillo que no tenía salida alguna, con ventanas bloqueadas ni
tampoco puertas a la vista. Estábamos encerrados. Cuando quisimos volver por
dónde veníamos aparecieron nuevamente “ellas” cerrándonos el paso.

Nos arrinconaron contra el final del pasillo. La enfermera acercaba su rostro hacia
nosotros y nos olía, con movimientos ligeros. Su rostro, cortado por todas partes,
sus ojos, completamente blancos.

Se detuvo repentinamente y dijo con una voz muy extraña:

“¿Quién quiere morir primero?”

Todos nos miramos y sonreímos con nervios. Mi cuñada era la más asustada y dijo “él”
señalándome:

“¿¡Yo!?...¿¡Por qué yo!?...” pregunté gritando.

“¡Porque vos quisiste venir acá!” me dijo.

Sin darme tiempo a una respuesta, la enfermera indagó “¿dónde lo quieres?”.

Cuando vi semejante show fui yo quien preguntó:

“Esperen es una broma ¿no?”

La enfermera se miro con su compañera trabajo y me clavó su tijera de podar
directamente en la cabeza mientras que la otra me clavo la cuchilla en mi
costado izquierdo.

Las chicas comenzaron a gritar y a llorar al igual que mi hermano.

Podía sentir el gusto a sangre en mi boca. Podía sentir como se empezaban a apagar los
sonidos en mi cerebro. Me costaba cada vez más respirar y la imagen se me
hacia borrosa. Sin perder tiempo las asesinas, me tomaron de ambos extremos
y me arrojaron por una especie de tubo de lavandería y caí sobre una cama de
cirugía de acero inoxidable, bien brillosa.

Me desvanecía. Mientras lo hacía vi a mi izquierda que había otra cama igual, con algo
similar a una placenta o bolsa que contenía un cuerpo humano dentro. Se
encontraba conectado a unas raras maquinas y vi aquel anciano que nos había
atendido en la puerta, conectando unos electrodos en mi cabeza. Ya estaba casi
muerto, mi agonía terminaba.

Al estar cerrando, por última vez mis ojos, me di cuenta que la apariencia humana de la
persona que estaba en la placenta, tomaba forma idéntica a la mía. Luego de
eso no vi más. Todo se volvió oscuro. Veía como estrellas en velocidad. Era
como un viaje de placer. Ese placer duró solo unos instantes y fue lo mejor que
pude sentir “¿en mi vida?...no, ya estaba muerto…”

Desperté y veía todo nublado, me sentía húmedo. Acalambrado. Me dolía el cuerpo. Me
sentía desnudo. Cuando pude enfocar bien, vi mis manos con una especie de
gelatina encima. Acompañada de un líquido transparente. Reconocía el lugar.
Era nada más y nada menos que la camilla lindera a la que yacía mi cuerpo
muerto. Ese momento fue demasiado impactante. Ver mi propio rostro, con los
ojos abiertos. Sangre por doquier, junto a mi cuerpo sin vida. Ahora entendía
todo. No era un juego, era toda pura realidad.

Me habían transferido la conciencia a un cuerpo idéntico al mío. Algo así como un clon y
te daban la posibilidad de sentir cómo es estar muerto y luego vivir. Un autentico
logro increíble.

Me quité todo el líquido de encima mientras el anciano me secaba y me ayudaba a vestir

“Esto es increíble” le dije, mientras le decía eso, podía ver como mis compañeros de
aventuras caían muertos por otros túneles y sufrían el mismo proceso.

Una vez recuperados subimos nuevamente al piso a jugar. Ya estábamos tan
emocionados que nos empezamos a cazar unos a otros. Yo mismo me encargué
de matar a mis dos asesinas, en venganza.

Nos divertíamos a puñaladas. Tal es así que estábamos correteando por los pasillos de
esa casa, ensangrentados y a carcajadas, como si fuera todo un gran chiste.

En un momento nos encontrábamos los cuatro apuñalándonos entre nosotros y muriendo
simultáneamente. Nuestros cuerpos cayeron agotados. Desde el piso pude
observar morían mi hermano, mi cuñada y mi novia

Y en mi agonía más profunda, veía las piernas del anciano que se acercaba. Se agachó
casi a la altura de mi oído y me dijo susurrando:

“¿acaso, no han leído bien el contrato? Solo pueden morir tres veces, porque la
conciencia sino se pierde, y esta es la tercera vez que ustedes mueren…”

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