domingo, 24 de junio de 2012

Perros siguiendo ruedas



Salí a las apuradas con mi auto. Llegaba tarde al trabajo. Hice lo imposible por llegar a
horario pero, no lo logré. Tuve que soportar los incesantes sermones del jefe
durante toda la jornada. Además de eso en el transcurso del día me llamó mi
novia diciendo que no quería saber nada más conmigo, que simplemente estaba
saliendo con “otro”. Mi furia interior crecía de sobre manera, tanto que insulté a
mi propio jefe, quien me indico que directamente no que me fuera a casa porque
había quedado despedido por los semejantes insultos que le propiné en la cara
ante todos sus subordinados.

Tomé mis cosas y me fui por los pasillos maldiciendo a todo el que se me cruzaba.

Me subí al coche, arrojando mis cosas en el asiento trasero. Puse el motor en marcha y
volví aceleradísimo hacia mi departamento.

A tan solo dos cuadras de mi dulce hogar, ví como uno de esos molestos perros
callejeros, de color negro, se puso a correr a la par de mi auto persiguiendo el
giro de la rueda delantera derecha. Me puso tan nervioso que hice una ligera
maniobra para sacármelo de encima pero, no resulto como esperaba. Terminé
por atropellar al perro que quedó hecho trizas contra el cordón de la vereda.

Me detuve unos metros más adelante. Bajé del vehículo para auxiliar al perro y en ese
momento salió una anciana de su casa gritando “¡Asesino!”

Intenté explicarle que lamentaba el hecho y que había tenido un día complicado. Nada de
esto le importó porque tomó su escoba me persiguió a escobazos limpios.

Mientras subía a mi auto en pleno escape, la anciana, se acercó a mi ventanilla y me
dijo “Petra Esclavus…”. La miré por unos instantes fijamente a los ojos y sin más
se retiró.

Arranqué mi coche y me fui a mi departamento. Decidí tomar una ducha y no podía dejar
de pensar en todo lo que me había pasado las últimas horas.

Luego del baño, busqué información sobre las palabras de la anciana, descubriendo
que era latín y que querían decir “Perro Esclavo”. Le resté importancia pero,
inmediatamente empecé a sentirme muy raro. Mis músculos se estremecían, el
bello de mis brazos y piernas se volvieron más negros y largos, era como si se
estuvieran multiplicando. Me dolía fuertemente el rostro y los huesos.

Tuve que arrojarme en el suelo de mi habitación en posición fetal para intentar soportar
el inmenso dolor. Sentía como los tendones se quebrajaban y hacían ruidos
que nunca había escuchado antes. Era una completa tortura que no se detenía.
Un dolor desgarrador en mis oídos, a la par de un intenso ruido a huesos rotos
en mi mandíbula, mis piernas ni siquiera las sentía. Era como si no estuvieran.

Mis manos comenzaron como a ponerse viejas y a reducirse cada vez más. Mis
costillas, a reducirse mientras puntadas en mi pecho y jaquecas exigían al límite
mi sistema nervioso.

Finalmente no soporté más y me desmayé.

Me desperté horas más tarde.

No podía enfocar bien era como si me estviera quedando ciego porque ya no veía bien
los colores. Quizás el estrés era el causante de todos los dolores musculares y
jaquecas que había sufrido.

Caminaba algo mareado, como desbalanceado. Intentaba levantar mis manos pero, no
podía. Mi cerebro no daba las órdenes correctas a los miembros.

En un momento pasé por delante del espejo de mi habitación y pude ver lo peor.

Me había convertido en un perro, de pelaje oscuro. Sí nada más y nada menos que en
un canino idéntico al que había atropellado horas antes. Ahora terminaba de
comprender las palabras de la anciana. Era una maldición que había arrojado
sobre mí.

Intenté hablar pero solo conseguía ladridos que aturdían. Salté sobre el picaporte de la
entrada a mi departamento y pude abrir la puerta. Bajé las escaleras en una
inercia pura. Algo me llevaba a hacer todo eso, yo intentaba detenerme pero no
podía. Salí del edificio y corrí por las calles de la ciudad sintiendo la brisa y el
viento en mi pelaje. Doblé en una esquina y por fin me detuve.

Pude ver a lo lejos que estaba ella. La anciana llamándome con gestos y su voz baja.
Hice toda la fuerza del mundo por ir hacia atrás pero como si fuera un sueño,
pasó todo lo contrario.

Salí corriendo hacia ella y me abalancé como si fuera un adorable can. La anciana me
acarició una y otra vez por un largo rato y al primer coche que vi pasar salí
corriendo a jugar con sus ruedas…

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